domingo, 31 de enero de 2010

Considerando en frío, imparcialmente...

 

Con el permiso de César Vallejo, ¡ejem!, uso su verso para titular esta (espero) corta reflexión. Cito a Carlos Morales (ver cita completa aquí):

"Bueno, ya yo voy como por las relecturas, ¿verdad? Los nuevos –como decía Sábato– espero a que sean clásicos para leerlos..."

Es el principio de la respuesta que da el escritor a la pregunta de Clubdelibros de cuál fue su libro favorito del año. No sé en qué obra de Sábato aparece expresada esa idea pero, sin importar quién la haya dicho, realmente me parece una pura y cruda estupidez. ¿Esperar a que un libro o autor sea un clásico para leerlo? Mmm, esa actitud solo me parecería razonable bajo tres circunstancias complementarias: 1. que todo libro que a la larga se convirtiera en clásico fuera de seguro una gran obra, 2. que toda gran obra lograra converstirse en clásico y 3. que tuviéramos vida suficiente como para esperar a que los nuevos libros se conviertan en clásicos.

No hay que perder de vista que el canon literario universal (y el local) no es más que una imposición de las instituciones culturales, las editoriales y las academias. Se dice que también influyen las preferencias de los lectores, pero es un hecho que uno no puede leer sino lo que se publica. Quién sabe cuántos grandes escritores han quedado en el anonimato porque una editorial no los quiso publicar. Un caso importante que se me viene a la cabeza es el de Cien años de soledad, que fue rechazado por Seix Barral. Así le ha de haber pasado a muchos que tuvieron que guardar su obra porque no tuvieron la suerte de García Márquez de encontrar otra editorial que les diera bola. Y ese representa solo el primer obstáculo. Para lograr su inclusión en el salón de la fama de los clásicos, un libro debe ser alabado por la crítica, vendido en grandes cantidades y reeditado muchas veces para permanecer en la memoria colectiva del público lector. Claro que grandes obras de la literatura universal, Madame Bovary, por ejemplo, fueron despreciadas en el momento de su aparición y fue con los años que les vino el reconocimiento que merecían, pero por otro lado muchos libros son llamados clásicos (a veces hasta clásicos inmediatos, sea lo que sea eso) por solo el hecho de llevar la marca registrada de x autor.

Si hay algo en que creo (y perdón por el matiz religioso de esta afirmación) es en el libre albedrío de cada individuo. Esperar a que un libro sea llamado clásico para leerlo es ceder la capacidad propia de criterio, basarse en juicios ajenos que decidieron la salvación o la condena de un texto. Conozco muchas grandes obras literarias que están en el olvido y que han pasado frente a mis ojos gracias a afortunadísimas casualidades y no a que se consideren clásicos.

El señor Morales escribió La revelión de las avispas, texto que obtuvo el premio nacional de novela en 2008. Muchísima gente ha criticado con dureza esta novela. Cada día escucho más juicios negativos sobre ella, lo cual no me impidió comprarla y tenerla entre mis lecturas pendientes, puesto que no voy a tragarme el juicio ajeno sin más. Voy a leer la novela  y a juzgarla por mi cuenta, no a esperar que otros lo hagan por mí o dignarme a consumirla hasta que haya recibido el (por demás hipotético) epíteto de "clásico". 

Francamente me daría miedo llegar a viejo y saber que no leí un montón de cosas porque todavía no eran clásicos. Quién sabe cómo hace don Carlos. Habrá que preguntarle. Aunque pensándolo bien... naaaaah, no le preguntemos.



lunes, 25 de enero de 2010

La insoportable levedad del ser: el híbrido ensayo-novela

1880. Afirmó Émile Zola, en su ensayo La novela experimental, que la literatura debía regirse mediante los mismos parámetros de las ciencias naturales. La obra literaria sería una suerte de laboratorio en el que el autor experimentaría con sus personajes, exponiéndolos a diversas situaciones y observando cómo se desarrollaban los acontecimientos. De esta manera se planteaba Zola la posibilidad de obtener conocimientos objetivos de la condición humana a partir del arte literario.

1984. Año orwelliano. El naturalismo quedó atrás hace mucho y, a pesar de tanta profecía fatalista, la novela se mantiene en la cúspide de los géneros literarios. El boom latinoamericano gritó al mundo que por estas latitudes también se hacía literatura de trascendencia universal y García Márquez se consolidó con el premio Nobel de literatura hace tan solo dos años. Cortázar se fue en febrero. A Borges le quedan dos años. En Francia, Milan Kundera, de 55 años, publica La insoportable levedad del ser.

Escuché el nombre de Kundera por primera vez por una profesora, quien me habló precisamente de La insoportable levedad. Me extrañó que fuera un escritor famoso al que nunca hubiera escuchado mencionar. Una prueba más de la implacable ignorancia en que, por más que me esfuerce por evitarlo, termino navegando siempre. Por lo que me dijeron, entendí que era un autor existencialista. Investigué y descubrí el año de publicación de la novela mencionada. Un poco tarde para ser existencialista. En efecto, aunque la novela contiene muchos temas de esta corriente (la angustia ante la vida, la incomunicación, la vida como un absurdo, etc), es mucho más que otra de sus exponentes.

El logro de Kundera se me hace técnico. Sin haber leído demasiado a Zola ni a otros naturalistas, me parece que La insoportable levedad  es una exitosa aplicación del principio de la literatura como ciencia experimental. Me explico:

En La insoportable levedad, la trama y los personajes parecen a veces meras excusas para el desarrollo y la ejemplificación de ideas. El mismo narrador aclara enfáticamente, en el primer capítulo de la segunda parte, que aquello que el lector contempla no es un hecho real: “Sería estúpido que el autor tratase de convencer al lector de que sus personajes están realmente vivos. No nacieron del cuerpo de sus madres, sino de una o dos frases sugerentes o de una situación básica” (p. 45*). De hecho, los dos capítulos iniciales de la primera parte desconcertarían a un lector que esperase una típica introducción al mundo narrado: en lugar de eso, lo primero que uno se topa es una disertación sobre el concepto del eterno retorno y la consecuencia que sobre la historia humana tendría que este no fuera real (posición que parece ser la del narrador).  Así, de entrada el texto no parece una novela, sino que se acerca más al género del ensayo, el más apropiado para la divulgación científica.

No obstante, en el tercer capítulo aparece ya un nombre: “Pienso en Tomás desde hace años, pero no había logrado verlo con claridad hasta que me lo iluminó esta reflexión. Lo vi de pie junto a la ventana de su piso…” (p. 12). Aunque la mención del personaje desata la carga novelesca, esta no se da en forma de una definición absoluta: más que señalar dónde está el personaje, qué hace, cómo es, el narrador se limita a decir que piensa en él y que lo vio de pie, junto a la ventana de su piso. Tomás es un pensamiento, una visión del narrador, no la pretensión de un ente real y concreto.

La historia del mujeriego que de pronto, gracias a seis casualidades, se ve unido a una mujer fija es un medio mediante el cual se nos presenta una serie de reflexiones de todo tipo (existenciales, sociales, políticas, metafísicas, amorosas…) que se comprueban en los acontecimientos de la trama. Tomás, aunque se casa con Teresa, no deja nunca a sus amantes y el narrador reflexiona sobre los tipos de mujeriego: “Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados  por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer” (p. 210). Así, el desarrollo de la trama da pie a la reflexión y cada vez es más difícil dilucidar cuál está sometida a cuál. En algunos fragmentos es difícil incluso mantener la distancia entre narrador y autor: “todas esas situaciones las he conocido y las he vivido yo mismo, sin embargo de ninguna de ellas surgió un personaje como el que soy yo, con mi currículum vitae. Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron” (p. 232). ¿El narrador habla del autor? ¿El autor se entromete en la narración? ¿Nunca hubo narrador, sino que estamos frente a un extraña criatura a medio camino entre la novela y el intento de novelización de un tratado filosófico? Buenas preguntas.

Kundera pone en práctica el principio naturalista creando situaciones verosímiles que muestren la validez de sus ideas. Experimenta con sus personajes, ubicándolos en contextos cotidianos y realistas (cuando no históricos) que terminan por arrojar las más crudas reflexiones sobre la realidad: “La historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana ya no existirá” (p. 234).

Y la novela no es solo eso: también es una intricada historia de amor entre varios personajes de intensísima humanidad, así como un documento de la violencia de las revoluciones e invasiones de Europa oriental y, lo más meritorio, un libro que se lee con gran placer, a pesar de la gran profundidad del contenido que alberga. No hace falta complicarse para escribir sobre asuntos complicados. Quien logra ese equilibro es  definitivamente un gran escritor.

* Las citas fueron tomadas de Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser. México: Tusquets editores. 2008.

lunes, 18 de enero de 2010

La tumba de Yolanda Oreamuno en el abandono (iniciativa para sarvarla del mismo)



ATENCIÓN: Esta entrada se trata de un proyecto que inicié hace más de año y medio para colocar una placa en la tumba de Yolanda Oreamuno. Sin embargo, este proyecto está a punto de concretarse. Para más información, dar clic aquí para una nota actualizada. La petición de colaboración económica ya no es válida, aclaro. Gracias.

Yolanda Oreamuno murió en México el 8 de julio de 1956, a los cuarenta años.  Se había ido de Costa Rica, harta de se le tratara de convertir en una suerte de leyenda  acabada cuando aún tenía mucho por vivir y por hacer: "Les dejo la leyenda para que se distraigan, pero me vengo yo" (1947). Su búsqueda por un lugar dónde echar raíces la llevó a México en 1951. Cinco años después la enterraron en esa tumba de la imagen donde, como dice la leyenda del recuadro, "ni una lápida con su nombre" indicaba quien yacía debajo.

Leyendo por ahí supe que en 1961, por iniciativa de algunos colegas y de Olga Bededictis de Echandi, sus restos fueron trasladados a Costa Rica, al Cementerio General de San José. El pasado lunes 11 de enero fui con una amiga al cementerio con la intención de visitar la tumba. Como la búsqueda se nos dificultaba, acudimos a la oficina a pedir información. El encargado nos imprimió un informe y un empleado del cementerio nos ayudó a ubicar la tumba mediante el número de propiedad (729, según el informe que nos dieron). Lo que no nos esperábamos era que la única manera de indentificar la tumba sería precisamente ese número de propiedad...


 


Clic en las imágenes para verlas en tamaño completo.

  ... puesto que no existe ninguna placa, letrero ni nada que indique que ese es el lugar de descanso de la escritora.

Yolanda dejó Costa Rica con la intención de desarraigarse completamente del país: "Deseo que nunca se me incluya en nada que tenga que ver con Costa Rica y que mi nombre no figure en ninguna lista de escritores ticos..." le escribió a García Monge en una carta de 1948. Si esa era su voluntad, no creo que la idea de traer sus restos a suelo nacional hubiera sido de su agrado, máxime si era para sepultarla no solo en lo profundo de la tierra, sino en lo más profundo aún del olvido. Dijo una vez Alfonso Chase que en este país "a uno vivo lo agarran a patadas y después de muerto le levantan una estatua". A Yolanda, aunque le han erigido un par de monumentos (UCR, Teatro Nacional), no le dieron el mínimo reconocimiento de una placa con su nombre.
 
Yolanda no se consideraba una escritora tica, pero bien que en las unviersidades la seguimos estudiando como parte de los cursos de literatura costarricense. Es fácilmente comprensible cuando una novela tan excepcional como La ruta de su evasión salió de su pluma. El caso es que me parece una injusticia atroz que la tumba de esta gran escritora esté sumida en tal anonimato.

Esta entrada tiene como finalidad promover una inciativa para pagarle a hacer a Yolanda una placa como ella se la merece. El problema es que el trabajo puede salir caro (creo que algo de verdad bonito podría rondar los cien mil colones) por lo que quisiera solicitar la ayuda de cualquiera que pase por aquí. Siento que el legado de Yolanda (una de las mejores novelas escritas por una tica (o un tico), la definitiva ruptura de la literatuca costarricense con el folklorismo, etc) es de gran importancia para todos los escritores nacionales, por lo que no estaría de más colaborar para hacer realidad el proyecto. Si alguien está interesado, me puede dejar un comentario aquí o escribirme a jppmorales@gmail.com para ponernos de acuerdo. No tengo ninguna intención de recibir dinero ni de dirigir el proyecto de alguna manera, por aquello.

La imagen de la tumba en México la tomé de A lo largo del corto camino, ECR, 1961 y las citas textuales de Relatos escogidos, ECR, 1977.

jueves, 7 de enero de 2010

...produce monstruos (cuento original)


En el gravado más famoso de Goya, aparece un tipo dormido rodeado de criaturas nocturnas. Abajo, una inscripción: El sueño de la razón produce monstruos.


Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente.

Cortázar, El Río.



Comenzó a soñar con ella cuando todavía estaba con K. Reprimía las sensaciones porque, hasta en sueños, sentía la urgencia de la fidelidad. Creía firmemente que con K. sería “hasta que la muerte nos separe”. Por eso, ni en sueños aceptaba otro cuerpo que no fuera el suyo.  Y es que si de algo estaba seguro era de que ese bulto que se apretaba contra él en la cama, aunque era definitivamente humano, no era K.

Nunca hubo imágenes. Comenzaba con una molestia mientras dormía. Un bulto le crecía en el costado izquierdo, contra las costillas. No oprimía, solo aplicaba una presión ligera, como para hacerse notar. La sensación crecía, como revelándose poco a poco, independizándose, hasta convertirse en la certeza de que un cuerpo extraño se acercaba todo lo posible, como buscando calor. Hasta entonces la conciencia no lo había recuperado del todo, pero la noción de que no estaba solo en la cama lo despabiló. Alguien se había acurrucado sobre su pecho y su brazo izquierdo rodeaba la espalda ajena. Sentía un leve olor a morado, a violeta, tal vez (nunca he olido una violeta, creo que él tampoco, pero el olor parecía morado). La primera vez se asustó y abrió los ojos de inmediato. A su izquierda no había nada más que la cobija hecha arrugas. Entonces lo había soñado. Se admiró: nunca había sentido olores en un sueño. Pensó que tal vez el olor de K. se habría quedado amarrado a la almohada y se habría colado en su inconsciencia. Consumió la cara entre la funda y en efecto el olor de K. estaba ahí, pero no era morado. Era verde muy claro, como los ojos de K. Se pasó la mano por la cara y miró a su alrededor. La luna dializaba a través de la ventana. El cuarto, como siempre, muy tele y ropero pero más biblioteca y computadora, discos, zapatos estacionados y guitarra muda bien cerca de la cama, como para dormir acompañado.

Se volvió a dormir. Unas noches después, todavía era novio de K., otra vez el bulto en el costado. Se dio cuenta desde el principio, cuando era solo una presión ingenua en las costillas. Curioso, la dejó terminar de gestarse. Se sintió como un feto gemelo en un útero de oscuridad (o en la oscuridad de un útero) que esperara a que su hermana se concretara. Percibió el olor morado, ahora tan fuerte que lo gustó también con la lengua. Quiso que se condensara, que se convirtiera en un algodón de azúcar morado para arrancarlo de un mordisco y sentirlo deshacerse en la lengua. Pero inhalaba el aire y tenía que exhalarlo indefectiblemente. Se le escapaba de la lengua por la nariz, convertido en esa respiración regular que le aseguraba que seguía dormido. Ahora, era otra vez ella entera, la de la otra noche, la nada corpórea que se le metía entre el pecho y el brazo. Apretó el abrazo y sintió como ella se estrujaba más contra él. Hundió un poco los dedos en su piel desnuda. Vio en un recuerdo los ojos de K. y abrió los suyos. Por un momento creyó sentir el olor morado, pero para cuando lo pensó ya se lo había ventilado la vigilia. Se sentó. K. no había ido ese día, por lo que ni siquiera se preocupó por resquicios fragantes en la ropa de cama. Se miró la mano izquierda y pensó con miedo que esa era la que la había tocado. Se levantó, no sin cierta culpabilidad exagerada por el enamoramiento, y fue al baño a lavarse la cara. Se acostó. Tocó con el dedo el mi de la guitarra y se dejó caer en las ondas concéntricas que abría el sonido en la noche.

La tercera vez fue pura mala suerte. Estaba decidido a pasar la noche en vela, llorando por K., que ya no le dejaría el olor en la almohada ni le grabaría el recuerdo de sus ojos con miradas cinceladas. Pero las lágrimas le inundaron el cráneo y la oscuridad del cuarto le cayó encima. Entonces otra vez presión en el costado, gestación asexuada y conciencia absoluta de un cuerpo a la par. No la deseó. El olor lo tentaba como una manzana morada pero la rabia y el despecho no daban cabida a sustituir a K. Todavía no. No estrechó el abrazo, pero se quedó ahí, con ella, sintiéndola existir, dejando que el brazo, la nariz y la lengua le fecundaran el cerebro. Pero el oído se unió a la emisión y fue mucho para él. No tuvo muy claro qué fue. Tal vez el roce de la piel sobre la cobija o el soplo caliente de un suspiro. No supo, pero oyó algo que ni él ni todo el traquear nocturno de su cuarto habían producido. Abrió los ojos. Movió el brazo, que permanecía arqueado, con la forma de ella, y solo abrazó la cobija. Se sentó y estuvo por asustarse de verdad, pero el vacío le volvió a crecer en el estómago cuando se acordó de K. Se dejó caer y terminó de desvelarse.

Pasaron los meses. Se fue olvidando de K. Nunca por completo, porque siempre le quedó en el cielo de la boca la idea de que no tenía que haber sido como fue. Pero así había sido y ya solo quedaba hacerse el tonto, seguir como si hubiera una razón para hacerlo, porque a la larga tal vez la razón aparecía, pero ojalá no fuera ni una K. ni una P. ni mucho menos una H. intercalada. Ojalá fueran alegrías que no necesitaran letras para ser, alegrías sin nombre, de esas que solo uno mismo ve frente a sí, que solo uno mismo siente, porque son de Uno. De Uno, y no de dos.

Una noche se acostó temprano. No tenía nada qué hacer en la mañana, pero había que reponer el sueño invertido en la semana. Otra vez como la primera vez, sintió el bulto en el costado pero no se percató de lo que pasaba hasta que era otra vez una hermana de oscuridad ocupando el espacio a su lado, en la cama. Consciente, pero sin abrir los ojos, recordó con nostalgia que la había conocido cuando aún estaba con K., pero no se dejó recaer en un dolor reciclado. K. ya no era nadie, era otro cadáver de los que se pudren en el poema de Alonso y que no sabía ni cómo estaba él ni qué había hecho. No sabía que por fin había tocado el Sueño en la floresta de Mangoré en el jardín norte de la UES, frente a la Facultad de Música y que habían sido él y su guitarra, nada más, sin ninguna K. viendo ni oyendo, sin ninguna K. pareciendo y no siendo.

Esperó el olor morado, y llegó el olor morado. Esperó el sabor morado y llegó el sabor morado. Esperó el sonido negro de la cobija o de lo que fuera y llegó el sonido negro de la cobija o de lo que fuera. Movió el brazo y sintió su espalda, tan suave, tan desnuda, tan de mujer y se acordó de las veces anteriores en que había dormido con ella. Nunca la había tocado más, no sabía cómo eran sus pechos (era una mujer, estaba seguro) o si tenía el pelo largo, primero porque K. y luego porque K. ya no, pero ahora K. ni sí ni no. Recordó que se había despertado siempre al abrir los ojos. Era un sueño al fin y al cabo, ¿qué importa un incesto de oscuridad, si es un incesto soñado? Se acordó del grabado más famoso de Goya, pero no se pudo acordar de la inscripción que acompañaba el dibujo.

Levantó el brazo y le metió la mano entre el pelo. Sintió las hebras como de nube y notó que el olor morado se intensificaba. Le salía del pelo. Pensó que de seguro tenía el pelo morado y quiso creer que al tocarle el resto del cuerpo deduciría también el color de su piel. Se estiró para prepararse y con la uña del dedo índice rozó las dos cuerdas más graves de la guitarra. La disonancia se le metió entre el pelo y le desinfló el sueño como si hubiera estallado una bomba. Abrió los ojos de súbito y notó que, como la primera vez, había luna. Pero no se atrevió a quitar la mirada del techo, porque en el costado sentía la misma presión, en la nariz y la lengua el mismo olor morado y en los oídos el mismo rumor del roce de la cobija de hacía unos segundos y porque de golpe se había acordado de la inscripción del grabado de Goya y aquello solo podía ser un monstruo que se había venido del sueño con él.


a K.P.V.A.

martes, 17 de noviembre de 2009

Lecturas del 2009: Laforet, Carmen. Nada.


Aunque he tenido varias ideas para escribir en el blog, se me ocurrió hablar un poco de algunos libros que leí en este año 2009 y la forma en que me marcaron, ya sea positiva o negativamente. El primer turno le toca a Nada, de la catalana Carmen Laforet.

Nada ganó el premio Nadal (sí, la similitud del nombre también me hizo gracia) de novela en 1944. Se trata de la historia de una joven, Andrea, que se hospeda en casa de unos parientes para estudiar letras en Barcelona. El camino de la estación del tren hasta la calle Aribau lo hace llena de ilusiones, pero el desencanto aguarda a las puertas mismas de la casa: suciedad, violencia, adulterio, oscuridad, locura... un sin fin de desgracias esperan a la estudiante, que trata de crear una burbuja dentro de la cual aislarse de ese mundo. Muy simbólica resulta un pasaje en que se mete a la ducha y evita tocar las paredes que la rodean, como deseando que el agua la haga inmune a tanta cochinada.

Conforme el texto avanza se notan los intentos de Andrea por dejar atrás el agobio de su hogar, no solo representado por la casa asquerosa y la familia conflictiva, sino también por el peso de la tradición católica encarnada en su tía Angustias, quien trata de reprimirla mediante un régimen de control que le impone no salir de la casa a menos que sea con ella, no mirar a la gente, rezar todos los días, etcétera. Andrea trata de liberarse con sus amigos de la universidad, saliendo con ellos y asistiendo a actividades que ellos mismos organizan. Sin embargo, el desencanto se hace presente una vez más: Andrea no pertence al mundo burgués de sus amigos, por lo que no puede amoldarse a sus exigencias.

La novela se acerca a la corriente existencialista imperante en su época. El desencanto perenne que vive Andrea y su final abandono de la situación familiar para buscar un nuevo norte personal remiten a la noción del absurdo y la individualidad del existencialismo. En el pesimismo y la incapacidad de mejoría que impregnan la obra entera se percibe también la desolación moral de la España de posguerra.

A nivel personal, me fasinó la manera en que la narración consigue que cada desencanto de Andrea sea también del lector, pues es sofocante ver que cada intento por salir adelante termina en una nueva decepción. La sensación de claustrofobia y asco se mantiene viva durante toda la novela, no solo motivada por la atmósfera costrosa y oscura de la casa de la calle Aribau, sino también por la personalidad hermética y amoral de cada uno de sus habitantes.

El círculo de amigos de Andrea, los bohemios del taller de pintura y su mejor amiga Ena, resultan excelentes cuadros humanos, llenos de aspiraci0nes y sueños pero sumidos en una realidad absurda que les dificulta cualquier intento de superación. Me pareció particularmente curioso el caso de Iturdiaga, aspirante a escritor, que no consigue que su padre millonario le costee la publicación de su novela. La condición acomodada del muchacho le ha permitido escribir, pero la visión materialista de su padre no le permite dar al mundo su creación. Toda una paradoja respecto a la inutilidad del dinero que se hace viejo guardado en el banco.

Me resultó sumamente conmovedor el pasaje en que Andrea asiste a un baile en casa de Pons. El ambiente burgués, encopetado, de ropa fina y glamour, le queda demasiado grande a la joven, por lo que termina, como siempre, huyendo del lugar. No solo se desvanecieron sus altas espectativas sobre el evento, sino también las que tenía sobre Pons, a quien ella llama su "primer pretendiente". La inmadurez del joven queda en evidencia cuando es incapaz de reclamar a su familia por los desprecios que le dirige a Andrea, a pesar de mostrar a la vez que siente cariño por ella.

En síntesis, Nada es una novela muy bien configurada que obliga al lector a encontrarse de frente con una horrenda realidad, que pareciera prometer grandes cosas a ratos, pero que se revela cruenta y hostil una y otra vez. Una lectura de las que me gustan, que muestra a los seres humanos tal cual son, tan llenos de virtudes como de defectos y capaces tanto de la más sincera ternura como del más cruel desprecio.

Si a alguien le interesara leer más sobre esta novela, recomiendo el siguiente enlace, con un análisis mucho más largo y exhaustivo que el mío.

http://erudicion.blogspot.com/2007/03/volver-leer-nada-de-carmen-laforet.html

martes, 30 de junio de 2009

Sobre Resident Evil 5 (y toda la saga en general)



Quien no haya jugado la saga de Resident Evil y tenga la intención de hacerlo, mejor abstengase de leer lo siguiente; le podría arruinar muchas sorpresas.

Ya no puedo decir que soy un videojugador, porque he dejado las consolas muy de lado, pero el caso es que sí fui un videojugador en algún momento de mi vida, y uno de los juegos que más gocé jugando fue Resident Evil. Debo reconocer que no comencé desde el principio: nunca tuve un PSX, por lo que mi primer contacto con Resident fue la versión que sacaron para el N64 de el segundo juego de la saga.

El juego me impresionó desde el principio. Era algo totalmente diferente a lo que yo estaba acostumbrado a jugar. Ya Silent Hill había pasado frente a mis ojos, pero Resident tenía algo especial. Era tan distinto que he de admitir que en un principio me aburrí y le perdí el gusto, por lo difícil que me resultó. El miedo que daba jugarlo también influyó en mi primer rechazo. A veces hasta me costaba dormir por las noches tras haber jugado un rato prolongado. Sin embargo, la historia de Leon y Claire, que llegan a Racoon City en el peor momento (cuando la ciudad recién se ha infestado de zombis hambrientos) era muy absorbende y una vez se había superado el impacto inicial, el juego se volvía adictivo; definitivamente no creo que alguien pueda comenzarlo y dejarlo sin terminar. En total, lo he terminado unas quince veces, y aún no creo que lo haya jugado por última vez. Razones para jugarlo tanto, hay muchas: además de que el juego en sí es excelente (buena historia bien contada, excelente jugabilidad, gráficos y sonido impresionantes para la época), el paquete era más grande de lo que parecía: uno tenía dos personajes a elegir, Leon y Claire, y al terminar el juego con uno, tenía la oportunidad de volverlo a jugar desde la perspectiva del otro. O sea, uno podía tener la historia completa, lo que le pasó a ambos personajes. Y no solo eso, la cosa cambiaba al comenzar un nuevo juego con el otro personaje: si en la primera vuelta uno jugó con Leon e hizo la segunda parte con Claire, puede vivir una nueva versión de la historia si comienza con Claire y termina con Leon. En este momento no recuerdo otro título que ofrezca tantas posibilidades (Creo que el Alone in the dark de PSX tenía algo así, pero nunca lo jugué como para comprobarlo). Se trata de cuatro finales, pero no solo eso: son cuatro formas diferentes de experimentar la trama entera, no solo el final. Este juego, junto con su predecesor, instauró lo que serían las características clásicas de la saga: el ambiente claustrofóbico, la atmósfera terrorífica y desesperante, la angustia por la limitada cantidad de ítemes que se pueden cargar, las escasas balas y medicinas y, por supuesto, los abundantes y terroríficos zombies. Así mismo, el juego explota un recurso que, aunque lo he visto en muchos otros juegos, en ninguno me ha parecido tan efectivo: los sustos. En determinado momento, al pasar por un pasillo con ventanas en medio de un aplastante silencio, de pronto los vidrios se rompen violentamente y entran un montón de zombis dispuestos a comernos. La sorpresa y el manejo del sonido, así como de la música, hacen que el corazón se le quiera salir a uno del pecho y que hasta necesite unos minutos para recuperar la calma. El ejemplo que puse es hipotético, hay muchas clases de sustos en Resident y en todos uno brinca y quiere soltar el control. Esos momentos lo hacían a uno desconfiar siempre de las partes en que no había música y el sonido se reducía a ese insoportable silencio; era signo de que algo probablemente iba a pasar y no iba a ser agradable. Eso, en mi opinión, eso se llama crear una atmósfera de mucha calidad, y hasta muchas películas fallan en ello mientras que Resident Evil sí lo lograba.

Quien vaya leyendo hasta aquí se preguntará por qué tanto dato de RE 2 si el título señala que hablaré del 5. En efecto, así será, pero lo que quiero comentar de la última entrega de la saga no sería posible sin lo que hablé de la segunda.

Luego del 2, jugué todos los demás títulos de la saga principal: Resident Evil 3: Nemesis, Resident Evil: Code Veronica, Resident Evil 0 y Resident Evil 4. El primero, Resident Evil, lo jugué solo una vez en su versión original para PSX, por lo difícil que era ya conseguir un ejemplar, pero luego tuve la oportunidad de vivirlo en el excelente refrito que hizo Capcom para el GameCube de Nintendo. Se trata de un juego genial, que también daba la oportunidad de jugar con dos personajes y darle la vuelta al juego cuatro veces obteniendo distintas situaciones durante la trama y al final. La atmósfera era la misma: asfixiante y angustiosa hasta más no poder. El 3 me pareció un poco desmerecedor de su antecesor, pues aunque la presencia de Nemesis aportaba mucha intensidad y el juego en sí entretenía muchísimo, se perdía esa magia de tener dos personajes con los cuales poder jugar el juego entero, así como la profundidad de las tramas anteriores. Punto a favor era la jugabilidad: los movimientos que se podían realizar con Jill eran muy inovadores y daban un aire fresco a la saga, que nos tenía acostumbrados a disparar y simplemente recibir mordiscos de los zombies cuando se nos acercaran demasiado. Code Veronica fue bastante bueno. No aportaba mucho (los movimientos especiales del 3 fueron eliminados, excepto el giro rápido de 180 grados), pero la historia era tan envolvente como en las primeras ocasiones y, aunque no existía la posibilidad de jugar de jugar el juego de nuevo para obtener nuevas escenas, la duración del mismo era suficiente como para sentirse satisfecho una vez se terminaba. Resident Evil 0, por su parte, también me encantó: era interesante ver la historia del Bravo team, que en RE1 se mencionaba como desaparecido. Así mismo, la ténica de usar dos personajes a la vez y tener que ponerlos a colaborar resultó realmente genial; se trató de una gran inovación y un soplo de aire fresco.

Ahora bien, con Resident Evil 4 comenzó la debacle. No quiero que se me malentienda: RE4 es un juego excepcional. En realidad, me parece que es el juego más entretenido que he jugado en mi vida. Dinámico, intenso, emocionante, adictivo, con un excelente nivel técnico, tanto en gráficos como en sonido... en fin, una maravilla del entretenimiento digital. Sin embargo, existe un grave problema con ese juego: en el sentido estricto, ya no es un Resident Evil. Desde el final de Code Veronica, donde Chris asegura que el siguiente paso es destruir Umbrella de una vez por todas, siempre estuve esperando ese título que presentara la historia de como los sobrevivientes del desastre de Racoon City y quién sabe quiénes más, se enfrentaran directamente a Umbrella. Sin embargo, en RE4, desde un principio, se nos asegura que Umbrella ya dejó de existir, dada la crisis económica que la llevó a la quiebra por los rumores de su relación con los hechos de Racoon. Entonces, me pregunté yo al leer ese texto que introducía el juego, ¿de qué rayos va a tratar este, si no es de la lucha contra Umbrella? Pues bien, resultó que Leon, luego de lo que vivió en RE2, se convirtió en agente del gobierno y es enviado a Europa a buscar a la hija del presidente de EEUU, que fue raptada. En su búsqueda, se encuentra con una extraña organización religiosa que utiliza un virus extraído de fósiles, conocido como "Las plagas", el cual convierte a los infectados en energúmenos, hasta que finalmente los mata, generando en su lugar una extraña criatura insectoide. Como puede notarse, nada que ver con la historia original. Pero no solo la historia cambió: aunque la jugabilidad es excelente, es diametralmente distinta a la de los RE anteriores ya no existe la sensación claustrofóbica ni la constante aparición de puzzles, característica primordial de los anteriores. Desaparece la exploración exaustiva de los escenarios, que antes era necesaria para lograr avanzar. El juego es sumamente lineal y se concentra por completo en la acción. En realidad, salvo algunas partes muy cortas, ni siquiera da miedo. De hecho recuerdo claramente cuando, al estar jugando, un primo que había visto conmigo todos los RE anteriores me dijo: "Pero JuanPa, eso no parece un Resident... parece un juego de guerra común y corriente". No hay mejor frase para explicar el asunto. RE4 parece más un shooter que un survival horror. En realidad, es un shooter, solo que se quiere uno engañar por que se llama Resident Evil. Un aspecto poco acertado me parece el hecho de que uno se pase casi todo el juego matando gente que, salvo por su agresividad, parece perfectamente normal. Es que la verdad, ¿qué es Resident Evil sin zombis? No me resisto al cambio, pero es que hay cosas que no deben cambiar, es como que de pronto Slayer deje de tocar thrash. Tal vez podría hacer muy buena música en otro género o sub género, pero ya no sería Slayer, y Slayer, al ser Slayer, debe seguir siendo Slayer. Resident Evil 4 es un gran juego, pero no es un Resident Evil.

Ahora, ¿qué pasa con el 5? Ayer mismo tuve la oportunidad de jugarlo completo y pues el hecho es que mantiene exactamente la misma línea del 4. La jugabilidad es exactamente igual y, una vez más, los enemigos no son zombis, sino personas normales medio locas por un virus que al final termina saliéndoseles en forma de aberraciones horribles. Una vez más, no se me malinterprete: es un juegazo, y se pasa un tiempo maravilloso jugándolo. Como punto a favor debo resaltar que regresa la forma cooperativa del RE0, aunque un poco distinta, más ágil, tal vez. Además, la presencia de dos personajes permite que dos personas cooperen en el juego y lo ganen de esa manera, lo cual también me pareció excelente. Sin embargo, insisto, eso ya no es Resident Evil.

Este blog se ha convertido cada vez más en un espacio donde denuncio a las compañías creadoras de material de consumo masivo que se empeñan en generar ganancias dándole a su público productos empaquetados de forma impecable, pero que carecen por completo de contenido. Esta no es la excepción. Para mi, luego de que Racoon City fue destruída en RE3 y que Chris afirmara que ahora se encargaría de destruir Umbrella en Code Veronica, el único futuro de RE era la culminación. Un juego (o dos, lo concedo) en que se mostrara la batalla final entre los sobrevivientes a las infestaciones y la malvada compañía farmacéutica. ¿Era muchoo pedir? Claro que sí, ¿por qué? Pues porque una mina de oro como Resident Evil debe perpetuarse hasta lo infinito con tal de que siga produciendo, así sea mediante secuelas forzadas y absurdas en las que apenas se nos cuentan historias generadas a partir de la original.

Atrás quedaron los días en que poner Resident Evil en la consola significaba estar a las puertas de una obra de arte: una historia ingeniosa y envolvente, una narración intrigante, una atmósfera tétrica y una jugabilidad excepcional. Con nostalgia, desempolvo mi vieja copia de Resident Evil 2 y me preparo a ganarlo una vez más, con la seguridad en el corazón de que otro juego como ese ya no se repetirá.

domingo, 8 de marzo de 2009

Ocupado lector

Desgraciadamente, lo que me acercó al Quijote fue la obligación. En el colegio se suponía que tenía que leerlo. Recuerdo que leí algunas páginas, tal vez algunos capítulos, pero nada más. Tiempo de negligencia por la lectura fue mi etapa de colegial. Años después, ya en la carrera de literatura, el curso Literatura Española del Siglo de Oro me puso en la obligación de leerlo nuevamente y nuevamente leí una mísera parte del texto: más o menos hasta el capítulo XXV de la primera parte. De todas maneras, en un curso como ese, con todo lo que hay que leer, es imposible profundizar siquiera un poco en una novela como el Quijote. Para lograr algo, aunque poco, se necesita, mínimo, un curso entero. Mi deseo se hizo realidad cuando me di cuenta de que este año se abriría un curso optativo llamado "El Quijote y la Novela Moderna". De entrada el profesor lo dijo: había que leer la novela de cabo a rabo. En este momento voy por el capítulo XX de la segunda parte, de modo que parece que, a menos que me muera, me vuelvan a robar el libro (un día de estos me asaltaron y se llevaron mi bulto con varios libros, entre ellos mi ejemplar de la obra cervantina), me enferme, quede ciego, caiga un meteorito, se muera alguien cercano o quién sabe qué otro suceso extraordinario ocurra, esta vez sí llegaré hasta la última página. Paradójicamente, a pesar de todo lo que ya he leído, me interesa comentar la frase que abre el texto: "Desocupado lector".

Quién sabe qué pensaría Cervantes cuando escribió el Quijote. La opinión general asegura que su intención era parodiar las novelas de caballería, para bajarlas del pedestal donde las tenía subidas la comunidad lectora. Todo parece apuntar a eso, pero ¿no ha notado nadie que cuando el cura y el barbero revisan la biblioteca de don Quijote, el narrador insiste en señalar al ama como una energúmena ciega y al cura y al barbero como dos perezosos que condenaron al fuego algunos libros que no lo merecían? Así mismo, la parodia es un arma de doble filo pues, si bien al parodiar se rebaja lo parodiado, se le hace a la vez propaganda por usar sus mismas formas. Tal vez Cervantes no lo consideró así. O tal vez sí.

Otros sostienen que Cervantes quiso producir un texto como no existía otro, lo cual de hecho logró. La revolución literaria que el Quijote provocó fue grave: la primera novela en el sentido moderno de la palabra, ni más ni menos.

¿Tendría el manco de Lepanto la intención de renovar la literatura? ¿Querría simplemente burlarse de la caballería andante? ¿Tendría alguna intención, después de todo? Es difícil afirmar algo sobre un libro escrito hace cuatrocientos años. Lo que tal vez sí sea un hecho es que Cervantes jamás pensó que su libro seguiría siendo leído, comentado y adorado tanto tiempo después.

Es curioso, entonces, que las primeras palabras del prólogo a la primera parte traten a su lector de "desocupado". Yo me acerqué al Quijote por obligación, pero mi deseo personal de estudiar toda la literatura posible me hubiera llevado a él tarde o temprano. Así, la lectura de tamaño texto no hubiera sido una forma de distraer mi "desocupación", sino que yo me hubiera ocupado en leerlo. Pero claro, en tiempos de Cervantes, la literatura pocas veces se veía como un objeto de estudio por sí misma, y las más de las veces pasaba por un medio ya fuera de adoctrinamiento o de simple esparcimiento. Jamás imaginó él que su novela sería analizada a fondo en universidades de todo el mundo.

Definitivamente, que lo llamen a uno "desocupado lector" al abrir el Quijote parece una broma de mal gusto. Tal vez Cervantes ni se lo imaginó. O tal vez sí.